Archivo | abril, 2014

aforiche 4

26 Abr

ad logicam

Cartel_II_Exaltaci_n

Hay una persona que conozco que lleva siempre puesta una cara de pena que ni la cara de la Virgen del Mayor Dolor. La tía es triste de cojones, no la he visto sonreír en mi vida. Hasta cuando parece que hace el intento da como miedo, como si en vez de  reír se fuera a poner a llorar, o a cagar. Es como si solo consiguiera sentirse feliz preocupando a los demás. Ya sé que parece un argumento falaz, pero…

            Cada vez estoy más convencida de que  hay personas que el único modo que encuentran de ser felices es no siéndolo.

adorno

 

aforiche 3

19 Abr

-itis

freudNo acabo de entender por qué Freud y toda esa pandilla que tanto estudiaron sobre el yo (o el universal latinismo ego) y la pulsión sexual, no llegaran a diagnosticar una enfermedad tan frecuente en el hombre como la —egoitis—. Enfermedad que indica una inflamación tal del ego que hace que estos piensen únicamente con la polla. A no ser que…

adorno

 

 

 

 

 

 

aforiche 2

16 Abr

Era el día mundial de la poesía, 21 marzo

afo 2 - caca y azahar

Me senté enfrente de Correos, bajo naranjos cuajados de azahar, en los escalones del Archivo de Indias. A la izquierda veía a mis congéneres tomando una cerveza, a la derecha los coches de caballos, los turistas… Y ese sinestésico olor, azahar y mierda de caballoSevilla.

adorno

 

aforiche 1

10 Abr

mi media naranja

media naranja

Va y me dice un idiota anoche:—¿y tú, has encontrado ya tu media naranja? La verdad es que emplear mis razonamientos contestándole hubiera sido un esfuerzo tan infructuoso como el de tratar de explicarle a mi perro quién era Aristófanes. (Que fue el creador de esta expresión amorosa y que dicho sea de paso, tantos errores de interpretación ha sufrido a través de la historia).

 Para mí, que esa “media naranja” que buscamos en el otro no es más que esa  mitad nuestra que todos mantenemos escondida. Esa que incluso nos ocultamos a nosotros mismos y que en el fondo, tememos encontrarla tanto como lo deseamos.

¿Os imagináis la cara de ese tío si anoche le hubiera contestado esto?

adorno

 

 

abril 9 —aforiches—

9 Abr

alumbrar o deslumbrarplaya-pm

 Cada día estoy más convencida de que las cosas suceden por causalidad y no por casualidad. Os cuento. Resulta que en el último post que subí el 5 de abril, relato cómo quedé deslumbrada por un potente rayo de luz que me hizo acabar en urgencias. Y mira por dónde, después de escuchar mi voz interior y a las otras cuatrocientas voces exteriores de mi gente, diciéndome que he de tomarme la vida de forma algo menos acalorada, me llega hoy en manos de los escritores Juan Bonilla y José Mateos, la iluminación que necesito. Habla Juan Bonilla de aforismos que deslumbran pero que luego nada recordamos de ellos y de los que alumbran, esos aforismos que no se acaban cuando se acaban de leer, sino que siguen acompañándonos luego, alumbrándonos.

Y decía antes lo de la causalidad porque son ellos los directores de la revista literaria de la que estoy haciendo la tesis. ¿Es eso casualidad? Yo pienso que no. Mientras estaba tumbada en la camilla de urgencias, esperando que me hiciera efecto la pastillita azul que me habían puesto bajo la lengua, yo misma me decía que no podía seguir así, que tenía que priorizar en afectos e intereses. Es decir, que tenía que volver a modificar esa escala de actividades que uno no sabe por qué se impone de tal o cual manera, y me digo que de una vez por todas lo que tengo que hacer es dedicarme de lleno a mi trabajo y a organizarme el tiempo libre para dedicarlo exclusivamente a la tesis. Y que debo dejar el blog y el poemario para mejores tiempos,(aunque  como no sea que encuentre a alguien que me mantenga lo tengo claro…) En fin, que alumbrada por el pánico allí tumbada en la camilla, se me ocurre que para no emplear un tiempo que no tengo, voy a subir al blog solo aquellos pensamientos que se me vienen a la cabeza, pero sin desarrollar, esos dit o gérmenes de dónde una vez sumergidos conmigo en la bañera , saco mis surrealistas reflexiones, poemas, relatos o lo que sean. Y mira por dónde curioseando en el blog de Juan Bonilla del pasado 13 de marzo, leo lo que escribe sobre el libro de aforismos, Silencios escogidos, de José Mateos:

jbYo dividiría a los aforistas en dos grandes grupos: los que nos deslumbran -con el efecto de una ceguera momentánea: la luz coloca- y los que nos alumbran… José Mateos pertenece a ese (segundo) grupo. Uno de sus aforismos lo deja claro: “Mientras algo pueda callarse ¿para qué escribirlo?”…

Anda que no. Continúa Bonilla hablando del libro con un lenguaje que a mi se me antoja tan aforístico como el de los propios aforismos de su amigo Mateos, quizá por eso son tan amigos. Nos cuenta que el autor de Silencios escogidos llama s a sus aforismos —divinanzas—, y nos revela uno más: “El lenguaje no me deja estar solo”. Y este me llega hasta ese último rincón de mi pensamiento haciéndome capaz de recuperar esa parte que creo perdida de mí misma. Y siento que estos aforismos me permiten compartir con el mundo esa región psíquica y afectiva tan únicamente mía. Y sentirme así un poco menos sola. Entonces, alumbrada por ambos decido que a partir de ahora (salvo esas veces que sé que no me podré aguantar), subiré al blog solo mis aforiches. Aforismos que vendrían  a alumbrar (esperando que pertenezcan a este grupo en la clasificación de Bonilla), como pequeñas llamitas de vela.O, por poner un ejemplo más de andar por casa, estos aforiches vendrían a ser  como chucherías que no pretenden más que provocar una sonrisa.

Y ahora sí, ahora ya.

                                                                                                                                                                                                                                                                                         abril 2014

pemateo

* cuadros de José Mateos

un rayo, San Pablo y yo

5 Abr

un rayo, San pablo y yo

por-do-sol-do-verão-chuva-arco-íris-e-estrada-amarela-14945640

 Iba yo conduciendo bajo el típico chaparrón de primavera con una tremenda jaqueca e intentando ver a través de los cristales, cuando por mi parte izquierda vi cómo un rayo de sol rasgaba el cielo, y cayendo este sobre el coche me deslumbró por completo. En un primer momento, esperando ver el arco iris, pensé: —qué bonito, esto no pasa más que en Sevilla en primavera. Pero segundos después de mi estado de enajenación sensiblera, y con la presión del dolor bombeándome toda la cabeza, percibí que no veía más que la parte derecha de la calle. Sí, como lo cuento: yo miraba la calle agarrada al volante y nada más veía acera y peatones en el lado derecho de la calzada y a la izquierda nada de nada, bueno, la jodida luz. La cosa es que me di cuenta que no veía un carajo cuando intenté hacerlo con el ojo izquierdo tapándome el derecho. Qué sensación más mala, de verdad, me giraba hacia la izquierda y nada, por más que girase siempre me faltaba el lado izquierdo por averiguar. Y al tiempo que las punzadas de la cabeza me martilleaban el cerebro y el corazón me latía a mil me acordé de San Pablo. ¿Y por qué? Pues ni idea. No sé si por eso que se dice que en momentos de angustia vital, cuando uno no encuentra otra explicación echa mano de la fe, o porque asocié lo que me estaba pasando con lo que le ocurrió a San Pablo, pensando que el rayo que me había deslumbrado era el mismito que derribó al santo tirándolo del caballo. La cosa es que paré el coche en el primer hueco derecho que encontré y me senté en el poyete de la acera intentando calmarme. Y me puse a rezar prometiéndole a Dios que dejaría de perseguir a quien fuese que yo persiguiera si me devolvía la vista.

(Aquí hago un inciso para contaros mi versión de la historia de San Pablo que cuenta San Lucas en el libro Los hechos de Apóstoles, por si hay alguien que no la sepa):

sp Iba San Pablo, que todavía no era ni santo ni Pablo sino Saúl, en su caballo persiguiendo cristianos, cuando un rayo de luz le hizo caerse del caballo. Parece ser que esta poderosa luz lo cegó momentáneamente mientras escuchaba una voz que le decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?…levántate y entra en la ciudad. Allí se te indicará lo que tienes que hacer. Y San Pablo entró en la ciudad y la lió, pues se unió a los que hasta entonces él había considerado miembros de una secta peligrosa, los cristianos. Pero hay un detalle que no cuadra en toda esta historia y que me ha hecho pensar en otra interpretación de los hechos, me explico. En esa época los viajes se hacían a pie, por lo que la famosa imagen de Pablo cayendo “del caballo” no corresponde con la realidad, por lo que ese “caerse del caballo” podría ser una interpretación simbólica para expresar el estado lamentable en que se encontraba San Pablo cuando aún era Saúl. Estado similar al mío cuando yo como una yonki del nolotil vi igualmente una luz que me cegó y me hizo bajarme de mi coche. Porque el otro día os aseguro que yo, como San Pablo, vi “ la luz”.

Sigo. Una vez que conseguí que me entrara algo de aire en los pulmones y el corazón empezara a latirme un poco más lento, y después de mucho pensar ( y eso que no estaba yo para pensar mucho), y de hacer examen de conciencia para imaginar el por qué de semejante castigo divino, caí en la cuenta (con toda esa la luz tragada iluminándome el cerebro), de que yo era la única perseguida por mí misma. Así que concediéndome una tregua, me subí en el coche, arranqué y me fui para casa. Y no, en principio no fui al médico, pues los médicos me dan más miedo que el mismísimo Dios. Así que recuperada mi visión izquierda, algo confusa pero suficiente, me metí en el desaconsejado San Google y leí lo siguiente:

El exceso de información, en la que se encuentran las sociedades contemporáneas, provoca “ceguera luminosa”. —¡¿Ceguera luminosa?! —dije.

Genial, me pareció genial la idea. El texto venía a decir que esta ceguera aludía a la imposibilidad de ver la realidad que nos rodea por el hecho de estar inmersos en ella todo el tiempo. Y que a pesar de padecer esta invisibilidad, este tipo de luz ( ¿alucinación?) provoca una visión que aunque ciega, hace que nos sintamos normalizamos. Esta explicación sonaba interesante, pero me pareció una paranoia de cojones, pues según esa teoría, debía haber cientos, qué digo cientos, miles de ciegos como yo circulando por ahí sin darse cuenta. Y por eso de temer estar alucinando con la jaqueca que me tenía cada vez más desorientada y sentir el pulso a mil, decidí ir a urgencias.

Lo primero que hicieron fue ponerme una pastillita debajo de la lengua y dejarme allí tumbada durante unas horas. Y más tarde se liaron a hacerme pruebas de todo tipo.Pero en fin, para no alargar mucho más la historia os voy a exponer a modo de epílogo lo que pienso que en realidad nos sucedió a ambos.

Yo creo que lo que le pasó a San Pablo, el entonces Saúl, es que tenía una jaqueca de cojones, al igual que yo aquel día, y puede que para que se le pasase semejante dolor, comiera de esas yerbitas medicinales que por aquel entonces solían hallarse por los caminos (por eso que seguro iba andando y lo del “caballo” fuera una premonitora metáfora de San Lucas), y que pasándose sin darse cuenta de comer tanta yerba y dilatándosele las pupilas por ello, ya no supiera ni lo que veía. E iluminado por alucinado, se pusiera a flipar persiguiendo cristianos como si fueran lucecitas, o pitufos, o a saber. Y bueno, al igual que el pobre bipolar este Pablo o Saúl, que ni se cayó del caballo ni nada, yo, ciega de nolotiles, me bajé de mi coche y me puse a alucinar.

Aunque yo tuve más suerte que él, pues a mí el médico me dijo: —Esto probablemente haya sido un escotoma vascular, una ceguera parcial temporal, (a Dios gracias “temporal” —pensé yo), producida por una alteración vascular que ocurre en ciertos ataques de migraña. Aunque también —continuó diciendo con un tono que a mi me pareció algo ambiguo—, se puede entender por escotoma, “ver solo lo que nuestra mente quiere ver». Después, todo encantador, me preguntó que cómo había llegado a urgencias y cuando le contesté que en mi coche, me dijo muy protectoramente que no podía volver a casa conduciendo (por eso de que me había echado unas gotitas para dilatarme las pupilas), pero que también le preocupaba que me fuera andando sola. Así que como había leído mi dirección en la hoja del ingreso y había visto que vivíamos cerca, si yo quería él me llevaría en mi coche a casa. Y puesto que yo estaba como al principio conté, iluminada, le dije que bueno.