terapia

10 Mar

Ir a terapia es como limpiar el cristal de una gran ventana de tu casa. Un día te das cuenta de que no sabes limpiar ese cristal, que por mucho  que compres el limpiacristales más recomendado por la televisión siempre se encuentra emborronado, sin contar con esas insufribles borrascas que te lo dejan de vez en cuando hecho una auténtica mierda. Y por más recursos que emplees, nada, ni papel de periódico, ni bayeta milagrosa, ni amoníaco puro, el cristal  se vuelve a empañar con la facilidad con que respiran los peces. Y entonces, en un ataque de pánico por la limpieza, echas mano de las monedas que te quedan en esta puta crisis y vas y oh, la luz, contratas a un técnico en limpiacristales que  te devuelve la claridad, y sientes  la reconfortante lucidez que te traspasa después de haber limpiado años de polvo incrustado en el transparente de tu hogar, o tu oficina, o tu despacho, que al fin al cabo, a veces bien puede decirse que sea tu casa.

Y descansas. Descansas por minutos y te sientes a salvo de obsesivas impurezas microscópicas en las ventanas, (que deben ser  microscópicas porque   para los ojos de los que no viven en tu casa, siempre ha estado todo limpio), claro.

Y te tumbas en el sofá del salón  para saborear esos minutos de paz desconocidos, cuando  de repente, el sentido oblicuo de tu postura advierte que  desde ese ángulo persisten zonas opacas en el cristal.

No hay alarma. Giras tu cuerpo para  apoyarte sobre el otro hombro y cierras los ojos. Ya llevas muchas sesiones de terapia como para no saber que la transparencia del  vidrio está hecha de minúsculos granos de arena.

Deja un comentario