Ir a terapia es como limpiar el cristal de una gran ventana de tu casa. Un día te das cuenta de que no sabes limpiar ese cristal, que por mucho que compres el limpiacristales más recomendado por la televisión siempre se encuentra emborronado, sin contar con esas insufribles borrascas que te lo dejan de vez en cuando hecho una auténtica mierda. Y por más recursos que emplees, nada, ni papel de periódico, ni bayeta milagrosa, ni amoníaco puro, el cristal se vuelve a empañar con la facilidad con que respiran los peces. Y entonces, en un ataque de pánico por la limpieza, echas mano de las monedas que te quedan en esta puta crisis y vas y oh, la luz, contratas a un técnico en limpiacristales que te devuelve la claridad, y sientes la reconfortante lucidez que te traspasa después de haber limpiado años de polvo incrustado en el transparente de tu hogar, o tu oficina, o tu despacho, que al fin al cabo, a veces bien puede decirse que sea tu casa.
Y descansas. Descansas por minutos y te sientes a salvo de obsesivas impurezas microscópicas en las ventanas, (que deben ser microscópicas porque para los ojos de los que no viven en tu casa, siempre ha estado todo limpio), claro.
Y te tumbas en el sofá del salón para saborear esos minutos de paz desconocidos, cuando de repente, el sentido oblicuo de tu postura advierte que desde ese ángulo persisten zonas opacas en el cristal.
No hay alarma. Giras tu cuerpo para apoyarte sobre el otro hombro y cierras los ojos. Ya llevas muchas sesiones de terapia como para no saber que la transparencia del vidrio está hecha de minúsculos granos de arena.
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